El universo de KROMAA

Retrato de KROMAA, con el rostro apoyado en la mano, detrás de un gran pincel gastado

¿Quién es KROMAA?

La trayectoria de KROMAA es la de una metamorfosis vertiginosa guiada por la emoción. Originaria del Hérault, en el sur de Francia, se desenvolvió primero en el riguroso ámbito notarial. Formada como notaria, trabajó en él con la misma intensidad, la misma pasión y el mismo corazón que pone en todo lo que emprende. Después, la vida la llevó a otras latitudes, desde San Martín, en el Caribe, hasta la isla Mauricio. Fue allí, envuelta en nuevas energías, donde surgió la chispa.

El lienzo en blanco se le impuso no como una elección, sino como una necesidad profunda: la necesidad de sentir nuevas emociones, de expresarse y de encontrarse frente a sí misma. Sus primeros pasos fueron una exploración instintiva: atravesó la abstracción, coqueteó con el street art y luego fusionó ambos. Pero fue buscando en lo más profundo de sí misma como acabó encontrando su verdadera firma artística: un arte concebido como un diario íntimo, donde cada obra se convierte en una parte de ella. Un salto al vacío sin red, lejos de todo academicismo.

KROMAA con vestido melocotón junto a un lienzo naranja: un Nours multicolor con aureola abraza a un conejo dorado
«En el fondo, todos somos niños que han crecido.»
KROMAA
KROMAA sentada en el suelo del taller con vestido rosa, contemplando un lienzo verde donde un Nours multicolor abraza a un osito dorado

La historia detrás del Nours

¿Por qué «Nours»? La historia de este nombre encarna la esencia misma de su propuesta. Cuando llegó el momento de bautizar a sus personajes, esta palabra se le impuso a KROMAA con la fuerza de lo evidente. Le parecía un nombre perfecto y reconfortante, sin entender realmente por qué. Solo más tarde, en una simple conversación familiar, descubrió su verdadero origen: era precisamente la palabra que usaba de niña para nombrar a sus compañeros de infancia. Si la memoria consciente había borrado ese detalle, el instinto conservaba su huella.

Esta anécdota íntima enlaza con lo que anima profundamente su arte: la exploración de nuestra identidad a través del prisma del pasado. Porque ¿qué somos sin nuestros recuerdos? Si perdiéramos toda huella de nuestras experiencias y emociones pasadas, dejaríamos al instante de ser la persona que somos hoy. Toda nuestra identidad descansa sobre esta arquitectura de la memoria. Para KROMAA, los Nours no son, por tanto, simples personajes pintados: son el reflejo de ella misma y los anclajes de quien ha llegado a ser. Desgastados, coloridos, remendados, son los guardianes silenciosos de su historia, que preservan la inocencia para que nunca se apague.

KROMAA junto a un lienzo azul: un Nours multicolor coronado abraza a un pequeño osito amarillo sobre un banco
KROMAA aplicando acrílico dorado sobre un lienzo naranja donde un Nours multicolor abraza a un conejo
«Explorar nuestros recuerdos es explorar quiénes somos.»
KROMAA
KROMAA de espaldas, pintando con pincel un Nours multicolor sobre fondo rosa rodeado de flores dibujadas
KROMAA de espaldas, trazando amplias pinceladas naranjas sobre un lienzo blanco

La firma KROMAA

Para KROMAA, cada materia es una elección. Antes de pintar sus Nours, exploró numerosos medios, incluidos algunos que descubría por primera vez, para encontrar aquellos capaces de dar cuerpo a la memoria. Tres de ellos se impusieron.

El aerosol, primero. Proyectado como una nube, en varios colores, crea la atmósfera del recuerdo. Gesto de libertad, también da al lienzo un grano singular: ninguna historia es lisa.

El carboncillo, después. Con su trazo, cada recuerdo toma forma. La artista preserva toda su fragilidad: volátil, es como el propio recuerdo, que se borra y se transforma cada vez que volvemos a él.

El acrílico llega en último lugar y se mezcla con el carboncillo hasta fundirse con él. Así envuelve el recuerdo, lo protege y le permite atravesar el tiempo.

En el lienzo, las tres materias dialogan: los colores se entrelazan, a veces chorrean, los contornos desbordan y, en algunos lugares, el carboncillo queda al desnudo, dejando a la vista toda su fragilidad. Y siempre la misma exigencia: no pintar lo perfecto, sino lo verdadero.

De esta exigencia nace una firma a la vez cruda e infinitamente tierna. Esta dualidad inscribe su obra en el arte contemporáneo: un arte que, más allá de lo conceptual, toca de lleno el corazón.

Ante sus obras, cada uno siente a su manera: la nostalgia, la ternura, a veces el sentimiento sobrecogedor de reencontrar un fragmento olvidado de uno mismo. Cada lienzo se convierte entonces en un espejo donde se refleja la historia de quien lo mira. Una emoción ofrecida y compartida, donde la vivencia íntima de la artista se vuelve de repente universal.

KROMAA sentada en el suelo del taller, rodeada de tubos de pintura, contemplando un lienzo naranja en proceso
«Uno empieza contemplando una obra y acaba encontrándose en ella.»
Frédéric, aficionado al arte
KROMAA con mascarilla, trabajando con aerosol el fondo rosa de un lienzo

El círculo de coleccionistas

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